EL GINECOLOGO
Etiquetas: fetiche, ginecologo, pubico, vello
Conocí una vez a un chico que estaba estudiando medicina. Desde pequeño quería ayudar a la gente a curarse y por eso decidió tomar esa carrera. Cuando fue adolescente comenzaron a gustarle las mujeres, le gustaba acercarse, rozarse contra ellas y en cuanto podía le tocaba un pecho disimuladamente. Esa atracción se fue haciendo cada vez más fuerte y decidió que si iba a ser médico tendría que especializarse para ser ginecólogo. De este modo podría ver el coño de todas las mujeres, tocarlos y penetrarlos con sus dedos y esos aparatos que parecen consoladores con linterna.
Fue uno de los mejores alumnos de su promoción, su ansia por convertirse en ginecólogo era tal que sacaba matrícula de honor cada año. Cuando al fin terminó su carrera pudo montar una consulta en el centro, así podría atender muchas mujeres y aprovecharse bien de ellas. Como era buen médico cogería buena fama y así tendría muchas clientas. La consulta que abrió se componía de dos salas una donde se hallaba la camilla y otra dividida por un separador donde estaba el vestidor y la camilla. Las mujeres se desnudarían detrás del vestidor y luego pasarían a la camilla. Además la consulta tenía un pequeño aseo, donde lavarse las manos y hacer sus necesidades. Pero había algo que a este chico le excitaba poderosamente, y era la ropa interior femenina. Quería disfrutar de esa ropa en abundancia y como la pared del cuarto de aseos daba justo al vestidor hizo una pequeña portezuela a modo de ventana donde podría sacar la mano y tocar la lencería femenina. Llegó la primera cliente y él estaba nervioso, quería poner en práctica su truco y había llegado el momento.
- Adelante Señora Gomez. Pase usted.
- Gracias Doctor.
- Dígame, que le ocurre.
- Ah, pues venía a hacerme una revisión – dijo la mujer. Era una mujer atractiva, con grandes pechos dejando ver un escote sugerente. Llevaba una falda corta y su actitud era sumamente atrevida.
- Bien, pase usted a la otra sala. Ahí está el vestidor, quítese toda la ropa y se pone la bata de papel que hay en la estantería. Luego pase a la camilla y se abre de piernas, por favor.
- Estupendo, gracias.
La chica pasó al vestidor, el doctor se excusó y le dijo que mientras tanto él pasaría al servicio a prepararse las manos, que estuviera tranquila. Él se fue al baño y allí tenía una mirilla para ver a la mujer desnudarse. Ella se quitaba la falda lentamente y bajó sus bragas hasta el suelo, las puso cerca, sobre un banquito. El doctor no pudo evitar masturbarse cuando vio aquellas braguitas de encaje blancas ahí mismo. Luego la mujer se quitó la camiseta y liberó sus tetas del sujetador. Sus pechos cayeron pesados y al moverse ella los senos se bamboleaban de un lado a otro. Eso ponía muy cachondo al doctor. Ante la atenta mirada del doctor y sin tener la más remota idea de que él estaba observándola se puso la bata desechable y pasó a la camilla. Se puso sobre ella y dejó caer las piernas abiertas en el reposapies. Ahí estaban sus bragas, el doctor no podía soportarlo, abrió la pequeña ventana y las tomó en sus manos. Las apretó contra su pecho y se las llevó a la nariz. Era lo que más le gustaba hacer, oler las bragas de las mujeres. Era lo que le daba sentido a su carrera poder acceder a las bragas de las mujeres y oler ese aroma a coño, morderlas, sacar el vello púbico que quedaban entre los encajes y guardarlos en una cajita que tenía para estos menesteres. Se había convertido en su objeto fetiche y nadie como él tenía acceso a su más alto deseo. No pudo aguantar mucho, y mientras olía el aroma a coño de aquella mujer se corrió. Un orgasmo potente que casi lo deja sin respirar ya que no podía gemir, porque lo oiría la paciente. Luego, dejó las bragas de nuevo entre la ropa de la mujer, para que esta no supiera lo que había pasado. Sin lavarse las manos del semen que había soltado se puso los guantes higiénicos y procedió a revisar a la mujer. Se puso frente a la vagina que estaba abierta y desafiante, y tuvo que hacer esfuerzo por no lanzarse a olisquear por entre las piernas de la dama. Le recordaba cuando momentos antes estaba como un perro olfateando las prenda interior, eso le excitaba mucho más que el sexo en sí. Cuando terminó de inspeccionarla decidió que le apetecía tocarle las tetas a esa mujer tan voluptuosa, así que le dijo que quería inspeccionarlas por si tenía algún bultito o algo sospechoso. La mujer no puso ningún obstáculo y sacó sus enormes tetas y las ofreció a las manos del ginecólogo con total confianza. Él se dispuso a palpar y acariciar levemente aquellas ubres que tenía frente a sus ojos. Cuando se hubo hartado de tocarlas le dijo que todo estaba correcto, pero que quería estar pendiente de ella y que por favor fuera de nuevo en un par de meses, que no le cobraría la segunda visita. Ella se fue muy contenta, pues veía interés en el médico.
A partir de ahí el ginecólogo disfrutaba cada día de todas las bragas usadas que se ponían a su alcance. El patrón era el mismo, ellas dejaban su prenda en la banqueta del vestidor y el médico se masturbaba con las bragas en la nariz, oliendo y lamiendo el flujo que a veces había en las prendas interiores. Se corría varias veces al día y su colección de vello púbico iba en aumento. Los tenía de muchos colores, rubios, negros, castaños, pelirrojos y hasta canosos. Todos le gustaban y todos le excitaban.
Aquel chico tuvo suerte en encontrar su verdadera vocación, disfrutaba como un niño de aquellas prendas usadas y nadie supo nunca sus verdaderas intenciones y es que trataba muy bien a sus clientas…




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