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LA DETENCIÓN

7 Mayo 2009 193 visitas No Comment

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Irene salió como cada día para coger su coche. Cuando llegó a él se encontró con un papelito colgado de su parabrisas. Al mirar de que se trataba se dio cuenta que era una multa por aparcamiento. Irene le dio una patada al suelo. Poseía una belleza natural y esa pataleta le daba un aire salvaje tremendamente atractivo para los hombres. Alzó la cabeza y se encontró con el policía que le había puesto la multa.

- Disculpe señorita, está usted mal aparcada -dijo el agente- por eso tiene la multa, no debe ponerse así.
- No puedo creerlo, anoche cuando llegué no había más sitio que este y no vi la placa de prohibición- alegó ella.
- Lo lamento, debe usted pagar la multa ahora o tendré que llamar a la grúa.

Irene puso el grito en el cielo. Era final de mes y no tenía dinero, no se podía permitir pagar la multa y mucho menos pagar la grúa. Hacía tiempo que aquel policía la estaba acechando. Ella notaba que cada vez que ella llegaba se quedaba pendiente, Irene pensó que igual le había tomado manía por no hacerle caso y por eso se había propuesto multarla aquel día.
El policía se quedó esperando alguna respuesta de Irene, quien solo sabía suspirar. De repente él le hizo una propuesta a la chica.
- Mira, porque no quitas el coche de aquí para que mi compañero que viene ahora a relevarme no te vea y entonces no podamos hacer nada. Es posible que podamos llegar a un acuerdo.

Irene le miró agradecida con ojillos juguetones y se montó en el coche. Al policía no se le pasó por alto el escote de la joven. Mientras ella estaba en el asiento del conductor su blusa se movió de manera estratégica dejando entrever el canalillo, no había duda que Irene poseía unos pechos turgentes y muy bien puestos. El policía le hizo señales para que le siguiese detrás del coche patrulla. Ella le hizo caso y sacó el coche de allí, siguiendo al agente.
El coche de policía se desvió de la calle principal para llegar hasta la comisaría. Se bajaron del coche y antes que Irene pudiera darse cuenta le esposó las manos, algo que ella no pudo digerir bien. El agente la llevó casi a empujones y una vez dentro explicó que la joven estaba detenida y que tenía que interrogarla. El resto de policías sonrieron con cierta complicidad y le dijeron que la podía llevar a la última habitación de la izquierda.

Irene estaba indignada, no esperaba aquello. El policía la tranquilizó diciéndole que era la única manera de poder llevarla allí sin levantar sospechas. Algo que no terminó de convencer a Irene, quien observó las miraditas del resto de policías.

- Podrías quitarme las esposas? No me siento bien atada.
- Tranquila señorita, te las quitaré, solo si me prometes que no saldrás corriendo ni haciendo ninguna tontería-dijo él.
- Como voy a salir corriendo? Si esto está lleno de policías? Lo que quiero es que me quites la multa y las esposas…
El policía se acercó a Irene y muy suavemente le acarició el cuello. Ella se estremeció mucho más cuando el policía le besó con sus carnosos labios. Luego sus dedos recorrieron el pecho de ella. Irene estaba excitada de ver a ese hombre de uniforme, llevar el control. Al fin y al cabo era portador de la ley, y ella debía obedecerle. El le dijo que si se portaba bien le levantaría el castigo, así que ella asintió y prometió ser buena.
El policía le abrió la blusa, ansiaba ver que tal era el busto que generosamente asomaba tras la ropa y que le tenía loco desde la primera vez que la vio. Irene tenía un gusto exquisito para la lencería, bordados, encajes, color pastel y textura suave definían el conjunto que ella llevaba aquel día. Pareciera que le estuviese esperando. Al fin le liberó las manos y ella pudo tocar el miembro viril del funcionario. Estaba empalmado, se notaba bajo su pantalón de uniforme. Se lo bajó y pudo comprobar el estado en que se encontraba el sexo del hombre, quien vestía unos boxers deportivos, aptos para la comodidad necesaria en caso de presentarse alguna situación complicada en su trabajo.

Irene era de complexión delicada y aparentemente frágil parecia una de esas chicas de contactos por webcam. Pero a pesar de su aspecto tenía piernas fuertes, como pudo comprobar él cuando la encaramó en su cintura. La puso sobre la mesa, retiró levemente hacia un lado el tanga que llevaba y la penetró. El policía acariciaba sus cabellos, los asía fuertemente cuando el ritmo del acto se elevaba. Luego el hombre hundió su boca entre las piernas de Irene y le besó con frenesí en sus labios inferiores. Ella se contoneaba en un baile de placer propio de su calidad femenina. Al fin liberó sus pechos del sujetador y dejó al descubierto unos senos firmes que calentaban enormemente al policía cuando se dispuso a penetrarla de nuevo. Se movían al ritmo que él marcaba y eso le excitaba aún más.
Irene se bajó de la mesa y sentada en una banqueta le regaló una dulce mamada que el hombre recibió encantado. Su boca era cálida y húmeda, al igual que su vagina. Ambos se hallaban en un estado de abandono. Ya ninguno se acordaba de la multa, ni del coche, solo un objetivo les unía: el placer.
El acto se culminó cuando ella de rodillas en el suelo pero con sus manos sobre un mullido sillón le recibió desde atrás, mientras él disfrutaba de sus bonitos pezones, que acariciaba y pellizcaba. El orgasmo llegó simultáneo, jadeos y gemidos se fundieron para acabar en un estado de agotamiento físico y mental.

- Me ha encantado pagar mi multa, señor policía- dijo Irene con tono meloso.
- Ha cumplido usted muy bien con su obligación señorita, creo que no hay problema para que salga en libertad sin cargos.
Se vistieron y salieron a la calle. Antes de despedirse el policía hizo una advertencia a Irene.

- Procure no volver a dejar el coche donde no debe, pues entonces tendré que imponerle de nuevo un castigo.
- Descuide señor policía, no volverá a ocurrir.

Pero no fue así. Desde aquel día ella siempre buscaba un sitio prohibido donde aparcar en el barrio, con la esperanza que aquel policía le pusiera la consabida multa, que ella pagaría sin dificultad.

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