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La pizza

29 Abril 2009 1,504 visitas Sin comentarios

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Estaba en casa sola viendo una peli cuando me entró un hambre atroz. Fui a la cocina y descubrí que tenía la nevera vacía. Era un latazo, ahora no sabía que cenar… entonces decidí pedir una pizza, algo muy socorrido en estos casos. Llamé por teléfono a la pizzería y encargué mi favorita, la de carne picada a la barbacoa. Mientras tanto me dedique a masturbarme un rato, solía hacerlo cuando tenía que esperar, es la mejor forma de pasar el tiempo cuando estás sola. Trás una media hora de espera en la que mi estómago no paraba de rugir y mi calentura subía por segundos, al fin sonó el timbre de casa. Al abrir la puerta estaba allí parado el repartidor. Era un chico de unos veinte años, tenía el pelo corto y castaño, en la ceja llevaba un piercing y en sus facciones había algo infantil, tal vez su poca barba le daba cierto aire travieso a su imagen.

El chico me dio la pizza y mientras tanto me fui a la cocina para soltarla y coger la cartera para pagarle, esta se cayó al suelo y me agaché a recogerla. Cuando me di la vuelta me lo encontré justo detrás de mí, casi me tropiezo!! Di un brinco y noté mi corazón acelerado.

-Pero bueno chico!! Como se te ocurre ponerte ahí? No ves que me has asustado??
- Sí, lo sé, pero es que no me pude resistir a mirarte el culo más cerca mientras estabas de espaldas.
En ese momento tuve un subidón, me puse muy nerviosa, inquieta, iba a decirle que se marchara en ese mismo instante y que no pensaba pagarle la pizza y que además llamaría a la empresa para dar las quejas. Pero entonces antes que pudiera gritarle o echarle me dijo que se había quedado impresionado de verme los pechos, que quería desabrocharme la blusa. Resultó ser un descarado total. A partir de ahí ya no sabía que hacer, porque en realidad tenía que apretar las piernas para no sentir como me mojaba. Casi me gotea por los muslos de lo caliente que me estaba poniendo la situación. El joven se acercó y me besó en los labios con pasión.
- Como te llamas? – preguntó.
- Lucy, y tú?
- Me llamo Salva- dijo, y continuó besándome.
Salva consiguió abrirme los botones y dejar al descubierto mis tetas. Llevaba un sujetador negro de encajes, a juego con unas braguitas que compré en una tienda Playboy, parecía que estaba esperando visita, pero la realidad es que soy una apasionada de la ropa interior sexy y siempre estoy lista para cualquier ocasión que surja, nunca se sabe…

Salva se dedicó en cuerpo y alma a ellas. No paró de amasarlas, besarlas, sentía sus labios ansiosos contra mis pezones, que se tornaron duros al roce de su lengua. No pude contenerme más, bajé mi mano hacia su entrepierna y curiosamente no notaba bulto alguno, nada había crecido allí… Casi me mosquea el tema, por que no hay tío que pase dos minutos conmigo y no tenga una erección de dos palmos. Me separé ligeramente de él y sin decir nada le bajé el pantalón. La sorpresa fue bestial.

- Madre mía!! No tienes polla!!! Eres una tía!!!!!

No podía creerlo, como yo, acostumbrada a estar con cientos de hombres, (porque soy muy atractiva y la verdad, no hay quien nadie que no pueda rendirse a mis encantos), había caído como una imbécil en la trampa de una lesbiana machorra. Pero a pesar de todo la tipa me gustaba y yo estaba a mil en ese momento. No era mi primera experiencia con mujeres, pero nunca accedí engañada como aquella vez. Ahora comprendía esa cara dulce y ese aspecto infantil al no tener la barba… pero resultaba en apariencia un chico atrevido y con pinta de cabroncete.
Salva no paraba de reír, me dijo que desde el primer momento supo que era tan guarra como para acostarme con él. Que se lo decían mis carnosos labios y la forma en que inconscientemente miré su zona sexual.

- Y ahora como debo llamarte?? -pregunté.
- Yo soy Salva, ya te lo dije, y así debes llamarme, disfruta y no pienses que no tengo polla porque no me hace falta.

Salva me acompañó a la cama y me recostó. Me quitó la falda que llevaba y bajó mi tanga. Era increíble, al quitarse la camisa de repartidor comprobé que llevaba uno de esos sujetadores deportivos que aplanan el pecho, pero aún así cuando se lo quitó resultó bastante planita. Procedió a lamer mis labios inferiores con una suavidad tremenda, los besaba como si fuera una boca y lamía como si fuera un perro. Luego entrecruzó sus piernas contra las mías frotando su clítoris con el mío. Joder, como me gustaba… la fricción que ejercía era justo donde más me gustaba, claro, ella se le veía experimentada y sabía bien donde tenía que darme para alcanzar el máximo placer. Luego fue Salva quien se puso en la cama a cuatro patas, me arrodillé en el suelo y le estuve comiendo el coñito que estaba expuesto y abierto para mí. Lo tenía suave, fresco y caliente a la vez. Estaba deseando meterle un juguetito, pero me dijo que no, que prefería metérmelo él. Saqué un cinturón de pene que tenía, porque a mi amiga Susana le encantaba usarlo conmigo. Se lo puso Salva y entonces fui yo quien se puso en cuatro patas sobre la cama. La muy jodida me daba fuerte, no tenía consideración. Aún así no estaba dispuesta a decirle que parase. Quería más y más, estaba como en trance y disfrutaba como una yegua en aquella situación.

Luego sacó el juguete de mi vagina y me metió los dedos, siguió metiendo más dedos hasta que tuvo el puño dentro. No sé como pudo hacerlo pero me sentía taladrada, prácticamente inmovilizada. Con la otra mano se puso a frotarme el clítoris hasta que me corrí. Después le comí todo el coño hasta que se corrió.

Salva era encantador. A pesar que le dije que tenía que marcharse porque se hacía tarde decidió bañarse conmigo. Nos frotamos la espalda, por momentos seguía pensando que no podía ser una chica, y ciertamente su actitud era de hombre total, más hombre que muchos que he conocido. Le propuse venir a visitar a mis amigas, Susana y Alicia, juntas lo pasaríamos fenomenal. Al final nos comimos la pizza entre los dos, estaba buenísima, pero su coño lo estaba más aún.

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