CHOCOLATE
Etiquetas: amor, cena, chocolate, libres, suerte
Venía de hacer la compra, iba cargada con bolsas del supermercado y al llegar al portal de mi casa ya no podía más. Justo antes de tomar el ascensor todo se me cayó por el suelo. Fue terrible, toda la comida desparramada, la leche, etc… Por suerte el nuevo vecino al oír el ruido abrió la puerta y me ayudó a recoger. Sacó utensilios de limpieza y entre los dos recogimos todo. Claro que ahora me había quedado sin cena y el super ya estaba cerrando cuando yo salí.
El nuevo vecino me invitó a pasar, me dijo que podía quedarme en su casa para cenar, algo que me daba mucho apuro, porque no le conocía y encima me había ayudado, no era plan que además me tuviera que dar de comer… Aún así me insistió tanto que no pude evitarlo más.
- Y como te llamas vecina?- preguntó
- Me llamo Lucy, y tú?
- Yo me llamo Juanma.
Juanma era un tío que estaba buenísimo, se notaba que iba al gimnasio y que se cuidaba. Había preparado una cena estilo oriental, con palillos incluidos que me encantó. La verdad que tenía buen gusto para decorar la mesa, usó una vajilla blanca con motivos negros también en línea asiática. Yo siempre noté que cuando nos cruzábamos por la escalera se quedaba mirándome con ojos libidinosos, pero claro, yo suelo ser muy atrevida a la hora de vestirme, suelo usar escotes generosos y eso hace que las miradas se vuelvan hacia mí.
Cuando terminamos la cena Juanma me dijo que tenía un postre de helado con sirope de chocolate, algo que me encantaba, pues yo soy una viciosa del chocolate. Trajo los helados y el bote de sirope. Cuando fue a servirlo un chorro de chocolate voló hacia el aire, y donde vino a caer? Sí, sobre mi escote. No era mi día de suerte, ahora me encontraba en casa de Juanma con todo el vestido manchado de chocolate. Enseguida mi amable vecino se ofreció a ayudarme a limpiarlo pidiendo perdón muy disgustado. Procedió con una servilleta a limpiarme, se puso tan cerca que podía oír su respiración. El encaje de mi sujetador blanco sobresalía por mi vestido y sus manos no pudieron contenerse
En aquel momento comenzó a llenarme de caricias que me hacían vibrar. Fue una noche fabulosa en la que ambos disfrutamos de aquel deseo que había surgido entre los dos.
A la mañana siguiente Juanma me despertó dándome suaves besos en el cuello. Aquel chico me sorprendió más de lo que esperaba. Tenía preparada para mí una bandeja con un desayuno delicioso, a base de frutas del bosque y zumo natural. La tostadora desprendía un olor maravilloso a pan tostado que impregnaba el ambiente. Fue increíble.
A partir de entonces Juanma y yo comenzamos a mantener una especie de relación de amistad especial. Solíamos vernos a menudo, paseábamos por el parque cogidos de la mano, dábamos paseos en bici, compartíamos momentos inolvidables. Los vecinos comenzaron a darse cuenta y algunos estaban pendientes de lo nuestro.
Fui a su casa a cenar más de una vez, lo que más me gustaba era despertarme en su cama, rodeada del raso rojo de sus sábanas en la que pasábamos momentos maravillosos. Me encantaba ponerme su camisa azul de seda. A Juanma le gustaba verme con ella, era muy romántico pero algo se ocultaba en aquella relación, algo no terminaba de encajar. Mi vecino y yo pasábamos noches fantásticas, pero nunca dijimos unas palabras que suelen mantener a las personas unidas. Juanma y yo nunca nos dijimos ”te quiero” y eso acabó haciendo mella en lo nuestro.
A veces cuando nos encontrábamos inmersos en un mar de caricias, en las que el deseo se imponía nos mirábamos fijamente y casi nos abandonábamos al sentimiento, pero ninguno de los dos daba el paso adelante. Juanma no quería compromisos, solía hacer hincapié en esto, y yo no quería abrir mis sentimientos porque no quería sufrir. Esta actitud de ambos hizo que pasado un tiempo la ilusión por estar juntos se fuera enfriando. Parecía que hubiéramos creado un muro entre los dos que nos impedía entregarnos del todo al otro. Cierto día nos dimos cuenta que ya no teníamos nada más que decirnos. Habíamos gastado el amor sin usarlo, disfrazándolo de sexo y liberalidad. Los dos asegurábamos no estar hechos para los convencionalismos de las parejas que habitaban a nuestro alrededor, pero lo único que hicimos fue autolimitarnos y no ser libres para amar.
Todo acabó sin haber empezado, aquel sentimiento perdura en mí, pero él nunca lo sabrá…













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